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Llegó a la política con fama de rico y salió desmejorado en sus capitales. Llegó a la actividad pública con criterios empresariales y eso le valió el desdén y la enemistad de los que piensan que hacer política es un ejercicio permanente de simulación.
Las manos llenas que prodigó en el ejercicio político no fueron suficientes para arrancarle al viejo oficiante de las artes palaciegas más que una cortesanía mal vista. Cuando le tocó el momento de la definición y le arrancó la postulación presidencial que se había ganado a base de trabajo y por el peso de las circunstancias, hasta le negaron el voto personal como gesto último de impotencia y, por qué no, de desprecio. Jacinto Peynado llevaba la política en la sangre, una sangre que le corría por el corazón a borbotones. Pero como el corazón tiene razones que la razón no conoce, no supo o no quiso –su formación y su temperamento lo dominaban- colocar su cerebro en el lugar donde oficiaba su sentimiento. Pensó siempre con cabeza propia en un partido donde todas las cabezas cabían bajo el sombrero de Balaguer. Esa fue su gloria y su desgracia. Hoy, que ha pasado a la posteridad luego de una dolorosa enfermedad que el pueblo dominicano sufrió como suya, recibirá el homenaje de cariño que supo ganarse con su gallardía, su hombría de bien y su disposición a servir a los demás. Hoy, el Partido Reformista se unirá junto a su féretro. Quizás ese sea su último y más memorable acto político.
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